lunes, 2 de abril de 2012

¿Una sociedad con genta auténtica?

A través de los largos tiempos la mentalidad de las sociedades ha pasado por una inevitable y constante transformación, basándose en los anhelos e ideales individuales, así como en el contexto histórico y social en el que se desenvolvían; de manera que cada ser ha ido encontrando su determinada posición en la sociedad a lo largo de la historia. Este cambio ha sido notablemente más pronunciado en la imagen femenina, puesto que la misma ha tenido distintos derechos y por ende ocupado lugares radicalmente diferenciados en la sociedad, siendo en la historia una parte distinta del todo en cada época. La razón de dicha evolución en la mujer se rige principalmente en la combinación de sus más íntimos deseos y sueños con cierta aceptación social; lo cual refiere que aún dentro de nuestra sociedad existen distintos tipos de mujer. Pero… ¿nos damos siquiera cuenta de ello?

La intención de este ensayo es el análisis del tipo de mujer que representa Yerma, la protagonista del drama “Yerma”, escrita por Federico García Lorca, con una base en la clasificación de mujer según estudios iniciados en Alemania; con el fin de hacer encajar a Yerma en una determinada posición en la sociedad de la generación del 27, época en la que fue escrito dicho teatro, así como descifrar la verdadera intención oculta en este drama. Y es que, al referirnos al teatro, se hace imposible no mencionar la generación del 27, época que se caracteriza por ser inesperadamente vanguardista, que rompió todos y cada uno de los esquemas de ese tiempo a grandes escalas e innovó en ideas y formas. Esta generación tuvo un entendimiento y percepción de la sociedad muy distintos, que formaron en ellos un idealismo social, en el que la realización personal era posible para todos.

En el teatro Yerma es una mujer casada que ansía con todo su ser convertirse en madre, mas nunca lo logra. Así, le echa la culpa constantemente a su marido, Juan, acusándolo de ser él quien ni siquiera lo anhela. Finalmente, al haberlo intentado todo para obtener a su hijo, Yerma mata a su esposo ahorcándolo.

Ubicándonos en el contexto en el que Yerma vivía, se nos es posible notar que su sociedad es sumamente tradicional, con mujeres deseando lo que la misma les pide: ser buenas madres y amas de casa; pero no como un anhelo personal, sino como el intento de encajamiento y aceptación en la sociedad. Nos damos cuenta entonces que Yerma es externamente muy parecida a estas mujeres, también aspiraba a la maternidad. Por consecuente podemos concluir que Yerma es una mujer tradicional, que se rige principalmente por las tradiciones y los parámetros de su entorno social, debido al fin al que ella espera llegar. Mas si se hace una observación más profunda, y se analiza la causa de su persistencia, su imagen cambia. Yerma se convierte entonces en una feminista existencialista, que está cansada de que la miren como un ser pasivo, y, en vez de eso, anhela tomar parte y ser activa en su realización; y, a pesar de la oposición y el rechazo de su sociedad hacia su aspiración, ella insiste, se mantiene firme y lucha por sus ideales, decidida a enfrentarse y derrumbar cualquier obstáculo que se interponga ante su realización. A ella no le importa ser aceptada socialmente, sólo realizarse. Es por eso que Yerma, al final del teatro, asesina a Juan, pues es un estorbo que le impide lograr su anhelo. “JUAN (…) Muchas mujeres serían felices de llevar tu vida. Sin hijos es la vida más dulce. (…) No tenemos culpa alguna. (…)”, con esto Juan deja en claro que el no desea hijos y se excusa de su antagonismo; lo que refleja claramente a una sociedad que se opone a la realización personal y que intenta persuadir a los luchadores de alejarse y dejar sus ideales, excusándose de ser una obstrucción para su éxito. “(…) YERMA. Buscabas la casa, la tranquilidad y una mujer. Pero nada más. (…)”, con lo que Yerma deja en claro su inconformidad y frustración ante ser vista como un ser tradicional que se resigna a actuar y cumplir los parámetros que la sociedad le impone, y no como alguien digno de sueños y logros y de derecho a la realización. “(…) JUAN. Es verdad. Como todos. (…)”, todos esperan de ella lo tradicional, y se reafirma su falta de interés por la aceptación social, así como la resistencia colectiva. “(…) JUAN (…) a ver si de una vez vives ya tranquila! (…)”, se resalta la presión y la apelación de la sociedad al olvido de su anhelo. “(…) JUAN. Bésame… así. / YERMA. Eso nunca. Nunca. (Yerma da un grito y aprieta la garganta de su esposo. (…)”, pero entonces nos damos cuenta que Yerma persiste y se rehúsa a aceptar la proposición de Juan, la sociedad, y tumba aquel óbice que le imposibilitaba el logro de su realización.

Al parecer tenemos mucho que aprender de las mujeres sufragistas, ¿no lo creen? Su persistente convicción por sus ideales y sueños, su incansable forma de luchar para lograrlos, y su inagotable esperanza de realizarse. Tal vez eso es lo que falta en la sociedad de hoy en día, personas que sean fieles a sus principios, sin importar las trabas y situaciones desventajosas en las que la sociedad pueda ponerlas; que no caigan en el profundo e interminable abismo de las expectativas sociales, en el que el mayor deseo no es salir de él, sino cumplir las aspiraciones y ambiciones que la sociedad nos impone como nuestras; y que logra desviarnos de las metas propias y hundirnos cada vez más en la frustración de la inconformidad. Es así como se forman las máscaras y las dobles caras, que únicamente intentan quedar bien ante la sociedad. ¿Es ese el tipo de entorno que queremos? ¿Gente falsa que no siga sus sueños y que finja para encajar en la sociedad? ¿No sería mejor una en la que las personas sean auténticas y se muestren tal y como son y luchen por sus sueños por sobre todo? Aprendamos de las mujeres sufragistas esa autenticidad.

Un límite para nuestra voluntad

En la sociedad mayormente se critica a la gente que actúa distinto, que tiene un comportamiento en particular, en fin, que es diferente al parámetro impuesto. Ante dicha gente se interpone una idea prejudicial, se la toma como “rara”, se la discrimina. ¿Les parece justo, entonces, dejar de lado a alguien únicamente por ser auténtico? Pues así es como esa gente, que en realidad no hace más que ser como es, sin dar importancia a las ideologías tradicionales y limitantes de la sociedad, queda en una situación ajena a la nuestra. Queda entonces como extranjera. Así es como analizaremos el efecto de condena y victimización que causa la sociedad debido a la máxima expresión de la propia voluntad del ser humano.

Muchos autores han escogido este tema como base de la expresión más íntima de sus personajes. En “El extranjero” de Albert Camus, se narra la trágica historia de un hombre, Meursault, que por mostrarse y actuar simplemente de la manera en cómo es él, es duramente juzgado por la sociedad y acusado, al margen del crimen que cometió, por su forma tan desinteresada e indiferente de ser. Para gozar con un mejor entendimiento del fondo de este trabajo, creo conveniente conocer primero un significado general de la palabra voluntad. Según la Real Academia Española, dicho concepto encierra la elección de algo sin precepto o impulso externo que a ello obligue. Entonces, se puede comprender por voluntad a la capacidad de tomar una decisión deliberadamente, sin que haya influencia alguna en ella.

En la obra, Meursault es un hombre que hace uso completo de su voluntad, sin pensar en las consecuencias que este acto podría tener en él como rebote del rechazo de la sociedad. Él es simple y sincero con sus intenciones, no ve por qué ocultarlas. Pero justamente por esta forma tan libre de actuar es que la sociedad lo condena, como ya mencioné en el párrafo anterior. Entonces se puede decir que en el libro se refleja a la sociedad como limitadora de la libertad humana. Si uno es libre, está condenado. ¿Pero, qué es la sociedad? Por lo que conocemos, la sociedad es un grupo de personas que se encuentran relacionadas por compartir los mismos rasgos culturales, es decir tradiciones, costumbres, formas, etc. Éstos son ciertos parámetros, que conducen todos al cumplimiento de metas en común. Por esta razón es que esta misma se convierte en un instante determinado en una muralla para las aspiraciones personales, y, en consecuencia, para la propia libertad. En el caso de Meursault, éstos no tienen efecto alguno en su vida cotidiana en un comienzo, hasta el momento en que la honesta forma de ejercer su voluntad lo traiciona. Mayormente la sociedad no espera tanta honestidad, supone cierto esfuerzo de conseguir lo conveniente.  “(…) Me preguntó si podía decir que aquel día había dominado mis sentimientos naturales. Le dije: “No, porque es falso”. (…)”, entonces podemos afirmar esta reacción refleja que se aguarda de alguien “normal”, el intentar tapar la culpa con pretextos convenientes. “(…) Me miró de forma extraña como si le inspirase un poco de repugnancia. (…), y volvemos a caer en la cuenta de la repulsión de la sociedad hacia tan honesta posición. Estamos acostumbrados a que la sociedad tenga ciertas expectativas de nosotros, con respecto a nuestra actitud, nuestra conducta, nuestras metas, nuestros logros. Y es por eso que también seguimos el camino impuesto, limitado por parámetros. Porque de lo contrario decepcionaríamos a los demás, a los que esperan determinado comportamiento. Y naturalmente no es lo que queremos, decepcionar no es nuestra más anhelada meta. Y para no experimentar un sentimiento de exclusión, esperamos una aceptación, para sentirnos parte del todo y no extranjero.

Pero no somos capaces de romper los esquemas, no nos atrevemos a arriesgarnos. Es que tal vez somos algo cobardes y débiles para soportar lo que después se nos vendría encima: la discriminación. No sobrellevaríamos el miedo a cortar las expectativas, pues, de cierto modo, vivimos de ellas, necesitamos de ellas. Pero… ¿por qué necesitamos vivir de los pensamientos ajenos? Lo que pasa es que nos hemos acostumbrado a eso, se parece a una base que nos sostiene, que nos impulsa a perseverar. Y, al final, si no logramos satisfacernos a nosotros mismos, al menos habremos satisfecho al resto, y ganaremos un pequeño  reconocimiento. Es por eso que Meursault, al no necesitar de ninguna de estas situaciones, es extranjero a nuestra realidad.

Pero lamentablemente es de esta manera como dejamos de lado nuestros sueños más íntimos. Nos sentimos tan presionados por las expectativas del resto, que la mayoría de veces éstas llegan a cegarnos y tapar con un velo de humo nuestros verdaderos deseos, impidiéndonos siquiera reconocerlos. ¿Por qué nos urge saber sobre la vida de los demás, y estamos pendientes de ella, si cuando en realidad por la que nos deberíamos de preocupar es por la nuestra? ¿No sería  mejor evitar formar expectativas sobre otros, para que así cada uno pueda formar las propias?